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“who taught me that curiosity is the beginning of all science”En los malos momentos, solemos olvidarnos de las buenas horas. Por eso quisiera escribir de la forma en que siempre recordaremos a Jorge. Lo recordaremos con un cigarrillo en la mano, mientras lee un paper de cualquier estudiante en el tercer piso del G; lo recordaremos creyendo en la belleza de las palabras a pesar de los tecnicismos de la academia, insistiendo en la narrativa como en forma de convertirse en otro, sonriendo ante el provincialismo soterrado de alguna parte de la academia colombiana. Jorge se negó a publicar por publicar o a creer en el impacto sin el dialogo. No le importaba donde estuviera su grupo de Colciencias en tanto lo que se dijera allí fuera relevante. En una academia plagada de vacas sagradas, cuyo ego en muchos casos trasciende el poder de su talento, Jorge fue un intelectual global con el que se podía hablar de cosas simples: De él aprendimos que la diversidad de la psicología es lo que cuenta, que las diferencias culturales nos acercan, que para mandar un mensaje a la familia en el 96 tocaba a ir a una sala especial del Posvar Hall, que el verdadero pandebono no tiene bocadillo, y que hay tres reglas en la vida… Jorge era un tipo que podía entender la complejidad de la ciencia e ir sin odio de una explicación desde la psicología cognitiva a la reflexión desde la perspectiva socio-cultural. En una sola conversación, muchos lo vimos describir el funcionamiento de los modelos de inteligencia artificial, y después hacer una defensa de Lacan, o explicar discusiones epistemológicas con una cita de la literatura clásica. Quienes lo conocimos desde diversos roles, extrañaremos las hojas garrapateadas con correcciones, su firma en los libros de Simon, el acento caleño disimulado para cuadrar con el frío bogotano, su humor sin pretensiones, y la paciencia de quien enseña con el ejemplo, de quien cree que no hay que sermonear sino mostrar, de quien no práctica el networking porque sabe que los buenos argumentos se sostienen solos; extrañaremos su obsesión con la historia disciplinar como una fuente de inspiración e insight, y también la receta exacta del Pad-thai de los carritos que se parqueaban al frente de la Hillman library, que él con humildad fue a pedir antes de regresar a Colombia. Extrañaremos la forma en que elegía cuidadosamente cada palabra en sus textos al punto que, como una vez me confesó en el tiempo que compartimos oficina en Pittsburgh, se podía gastar todo un día escribiendo un sólo párrafo. Un estilo tan propio que más de una vez en revisiones anónimas para revistas era posible adivinar que era él quien estaba al otro lado. Quizá por la influencia de Estanislao Zuleta, su mentor, Jorge nunca abandonó las grandes preguntas, y combinó como nadie la reflexión fundamentada en las fuentes de la filosofía de la tradición continental, con la lealtad a los datos de quienes fuimos entrenados en la tradición norteamericana. Su legado no está en las múltiples distinciones que recibió a nivel internacional, no es la beca de la Spencer Foundation que se ganó para terminar la tesis de doctorado, ni siquiera está en la labor que llevó a cabo en los últimos años como editor en jefe de Mind Culture and Activity, o como miembro del comité editorial de la Review of Educational Research quizás dos de las revistas más importantes en educación en el mundo. Su legado vive en nosotros, quienes compartimos con él como estudiantes y colegas, vive en sus textos, en su labor como director del departamento de psicología de los Andes que en los últimos años le dejo al país un departamento formado al nivel de los mejores de Latinoamérica y que trajo quizá la más importante serie de presentadores internacionales que se haya visto jamás en Colombia (Jean Lave, Ellice Forman, etc). Su legado está también en aquellos que en la universidad pública vieron en él un modelo de rol para apostarle a nuevos rumbos, o los que, bajo su consejo, elegimos la universidad pública como proyecto. Su legado está en nosotros: los que aprendimos de él a escribir, y a creer que aún puede haber belleza en lo que hacemos desde las aulas ruidosas de la academia.
Había prometido dedicar este post a la comparación entre culturas futbolísticas y sus correlatos en las tradiciones publicitarias; tal vez a la banalidad con la que se intenta construir una imagen del país sin atender a su tradición y sus raíces, como si fuera suficiente con presentar comerciales en colores primarios, para construir una tradición propia. Sin embargo, he encontrado una mejor opción: la observación directa de la conducta de los fanáticos durante los partidos de Colombia en el mundial sub-20 y lo que ésto nos dice sobre la existencia o inexistencia de una nación futbolística.
No sé si el aumento en los precios de las boletas y la consecuente exclusión de las barras habituales explica lo que ha sucedido en los últimos partidos, pero lo cierto es que no pueden cantar más cuarenta Coreanos perdiendo que cuarenta mil bogotanos ganando, ni es excusable el silencio sepulcral que cubrió al Campín con el primer gol de Francia, ni es del todo respetable que los insultos que se escucharon cuando Peñalosa entró en la tribuna sur fueran perfectamente entendibles a veinte metros. Es un partido de fútbol por Dios santo. La barra debe silenciar al rival y animar al equipo local. El partido debe vivirse hasta el final. No, como es común con los hinchas bogotanos, o por lo menos los que van a este mundial, que afanados dejan la tribuna 5 minutos antes de que se acabe el partido (como si estuvieran perdiendo, cuando en realidad van ganando por 2 a 0).
Claro, el mundial ha contribuido a la construcción de una mínima tradición futbolística. Primero, el equipo juega bien, es ordenado y colectivo en muchos sentidos. Eso es bueno, pero no evitará que los hinchas abandonen al equipo o empiecen a insultarlo con el primer traspiés, como se escucha de vez en cuando en estos días en el Campín, cuando las cosas no salen. Segundo, hemos incorporado dos símbolos del fútbol: la ola y las vuvuzelas, o buselas como las llaman los vendedores ambulantes a la entrada del estadio. Dos símbolos, claro está, de grandes naciones futbolísticas, ganadoras y acumuladoras de trofeos: México y Sudáfrica. La ola, es cierto, es un símbolo del fútbol, pero no es un símbolo de ningún equipo (como dijo mi hermano cuando Malí se le venía encima a Colombia y la tribuna distraída se dedicaba levantar los brazos en vez de alentar al equipo). Las vuvuzelas, en cambio, no son, siquiera, un símbolo de este juego: silencian a la tribuna en un ruido amorfo que no anima al equipo, ni asusta al rival, ni presiona a los árbitros. Y es que, como sabe cualquier hincha, el estadio tiene que tener estados de animo; los sonidos del público deben seguir los ritmos del partido y las situaciones que se van dando. La tribuna debe cantar un canto colectivo, y sufrir o gozar con lo que está sucediendo en el verde infinito que se extiende bajo los reflectores.
Sin embargo, por momentos, el ambiente en el Campín, y me van a odiar por decirlo, se parece en cierta medida al de un partido de béisbol. En el partido contra Francia, el asistente del camarógrafo tenía que animar a la tribuna para que aparecieran cantando en las tomas de apoyo. En partido contra Corea, la gente aplaudía a la mascota y esperaba regalos (como en los peores partidos de los Piratas). Y en el partido contra Malí, la tribuna enardecida celebraba la asistencia anunciada por el parlante (40328 espectadores), en el justo instante en el que el equipo rival pegaba un tiro en el palo, dando la impresión de que el estadio en pleno estaba celebrando la acción de los africanos.
De pronto, lo que pasa es que nuestra tribuna como nuestros jugadores es débil mentalmente, se distrae con facilidad y se silencia. O peor, puede ser que la tribuna sea una metáfora del país. Nuestras barras, como el país, rara vez actúan en colectivo: mientras unos intentan cantar, otros chiflan y otros hacen ruido con las vuvuzelas, pero no hay una definición, un canto que unifique los esfuerzos. Nuestra barra, como el país, tiene serias dificultades para tomarse en serio su tarea: como un grupo de hinchas que cantaba “natalia”, “natalia” “tengo hambre” “tengo hambre” y otras frases sin sentido en los momentos más difíciles del partido contra Costa Rica, como si haciendo un chiste se fuera a solucionar el problema.
Para concluir, y para que no se me acuse de no hacer una crítica constructiva, he decidido escribir un pequeño manual “Tribuna 101”, sin pretender ni más saberme todos los cantos, ni ser un hincha de los que va todos los domingos al estadio. Un manual con los movimientos básicos que todo hincha (de Colombia) debe saber. El manual va a así: Cuando el rival tiene la bola se chifla, y si la pierde o la pasa mal se dice “buuu”. Cuando el arbitro pita contra el equipo local, se le grita ciego o “ese de rojo/negro %%&&$” dos veces seguidas. Cuando el arbitro pita a favor (independientemente de que lo haga bien o mal), se aplaude y se pide tarjeta. Oriental y Occidental presionan a los jueces de líneas: chiflan el fuera de lugar en contra, y aplauden el fuera de lugar a favor. Los cambios se aplauden y se corean los nombres de los jugadores (en el supuesto de que la tribuna los conozca). Si el jugador rival se bota en el piso, se le grita “llorón” (independientemente de que esté lesionado o no: la ecuanimidad no hace parte de este proceso). En los tiros de esquina se grita “y gol, y gol y gol” o “si se puede”. Si el rival se mete con un jugador del equipo (como sucedió ayer mientras la gente hacía la ola sin fijarse en lo que pasaba en el campo) se canta así: si el gentilicio del rival es de dos silabas, se grita el gentilicio dos veces y después un insulto que se usa primordialmente en Colombia. Si el gentilicio del rival es de tres silabas, se canta del gentilicio del rival y después un insulto que se usa primordialmente en México. Finalmente, cuando el equipo local tiene la bola se canta: “oe, oe, oe, oa que mi Colombia va a ganar”, o como mínimo "Colombia". No sobra aclarar, dadas algunas confusiones observadas en los partidos del mundial, que la tribuna no debe chiflar cuando el equipo local tiene la bola y no puede silenciarse cuando el rival ataca.
Ah, y cuando el arquero rival va a sacar, se estiran las manos y se dice... mejor vean este video (http://www.youtube.com/watch?v=T6SEedAPfUk) y averigüen que están a punto de decir los mexicanos en la misma situación en el minuto 1:29 o lo que cantan los Coreanos en el segundo 21. Entonces, habrán pasado su primer nivel de “Tribuna 101”.
La actuación de la selección Colombia en la reciente Copa América ha generado debate en los medios y ha enardecido nuestro tradicional espíritu derrotista en las redes sociales, sí, ese mismo que hemos conocido desde los tiempos de “¿A qué vamos si igual vamos a perder?”. La pregunta es, sin embargo, más profunda: podemos ganar algo grande sin ser una nación futbolística, si ésta es, en el mejor de los casos una nación micro-futbolera, de pases cortos y pisar la pelota, no de correr al espacio vacío, cruzar centros o hacer diagonales. No sería quizá el mejor remedio asumir con resignación, si se quiere con realismo, que no estamos hechos para ésto y hacer del patinaje nuestro deporte nacional.
Si nuestros cantos son prestados, versiones modificadas de cumbias argentinas acompañadas con iconos foráneos como las sombrillitas del Racing o de cualquier otro equipo del sur: ejemplos mal imitados de otras latitudes, como nuestro fútbol que desde la cancha del barrio hasta la selección cambia de estilo por semestres: un fútbol donde a veces se quiere jugar a lo brasileño – pero sin la movilidad sin balón que acompaña la gambeta- y a veces a lo alemán buscando el pase frontal y el “fútbol vertical”. País donde se idolatran los equipos extranjeros como queriendo rescatar algo parecido a un pasado europeo, un poco como nuestros antepasados que pegaban los segundos apellidos (Juan Perez Sanchez de Azcuenaga/Diana Martinez-Blair/John Sánchez Perez Ladrón de Guevara) para mantener la poca herencia europea que les quedaba. Si nuestro país es tan ajeno al fútbol, que no hay un canto que unifique a la tribuna -salvo el artificial E OE OE OE OE que se silencia como una sentencia en los momentos difíciles de los partidos, engrandeciendo al rival en el Campín-. En el mundial pasado, en los bares de Madison o Pittsburgh donde se reúnen los latinos inmigrantes a apoyar a sus equipos está diferencia era notable. Brasileños, Argentinos y Chilenos cantaban al unisono los cantos nacionales compartidos por todos (e.g. Ver este video por ejemplo para entender la especificidad de las formas de apoyar a los equipos en diferentes países), y la pregunta que venía a la mente era si en una situación análoga, en la victoria o en la derrota, pero en la cumbre de la experiencia cultural del fútbol, uno tendría palabras para cantar. No sería malo tener, por ejemplo, establecer un soy colombiano “en las buenas y en las malas” para que los hinchas dejaran de ponerse la camiseta de Brasil cuando la selección pierde. Tocaría eso si hacer una versión diferente que no fuera imitación del canto argentino. En el peor de los casos, deberíamos asumir algo parecido al canto español que descarta la victoria como objetivo y la remplaza por la experiencia colectiva: “hemos venido a emborracharnos el resultado nos da igual”. Tal vez, y asumiendo nuestros resultados recientes, podríamos intentar un canto de fidelidad a lo “You Never Walk Alone” o intentar remplazar con triunfos en otras áreas nuestro fracaso futbolístico; algo así como el “Two World Wars and One World Cup” de los ingleses. Intentar algo así como “primeros en fauna y flora y en café, y 35 en la clasificación de la FIFA”, o “Dos océanos, tres cordilleras, un pase errado y cuatro tarjetas amarillas”.
La pregunta es: deberíamos abandonar toda pretensión y todo sueño ad portas del mundial juvenil, y aceptar que nuestro país es tan ajeno al fútbol que no se necesita saber de fútbol para hacer publicidad sobre fútbol. Y no esto no sería de extrañar, sino fuera por el supuesto que en una nación futbolística todos deberían tener una idea básica de la historia y los procesos del fútbol. Sólo basta revisar los recientes comerciales de apoyo a la selección y promoción del mundial juvenil para entender el origen de la tragedia de nuestro juego colectivo: la ausencia de una cultura futbolística y la inexistencia de un realismo cognitivo. Por un lado los comerciales, son un fiel reflejo de una sociedad que no considera el fútbol una parte esencial de su cultura (es más esencial como se ve en los comerciales el baile); por el otro, los comerciales reproducen el voluntarismo de “creer es poder”, y “hay que sudar la camiseta”. Voluntarismo que contradice ideas respaldadas por la investigación cognitiva que señalan que el problema del desempeño experto no es la voluntad o la motivación, sino la práctica deliberada durante largos periodos de tiempo.
Sobre el primer punto, uno puede comparar claramente la diferencia en la cantidad de referentes culturales, y la especificidad de estos, entre, por ejemplo, los comerciales hechos en Argentina (e.g., Fui Yo el del palo en el último minuto contra holanda en el 78, fui yo el del travesaño contra Yugoslavia en el noventa, contra Brasil obviamente fui yo... Ustedes dirán: ¿dónde estuviste contra Suecia y contra Alemania? Que va ser, él de abajo también juega y los comerciales hechos en Colombia (e.g., la país donde el fútbol se baila). Si aceptamos por una vez que no somos una nación futbolística, debemos revisar cuales son nuestras opciones para alguna vez ganar algo. Una opción sería cambiar la cultura: empezando por construir un canto nacional y ponerlo en los periódicos para que la gente tenga con que alentar. Otra construir procesos de largo plazo, desde tener escuelas y canchas de fútbol en las ciudades hasta mantener los técnicos un tiempo suficiente como para que los jugadores automaticen los movimientos y el reconocimiento de patrones necesario para un desempeño experto. Diez años o diez mil chunks decía Herbert Simon se requieren para llegar al más alto nivel de desempeño , tal vez deberíamos darles a los jugadores de nuestra selección la quinta parte de este tiempo. Esos diez años no están en nuestra infancia porque no somos una nación futbolística. En el mejor de los caso, tenemos diez años de micro-fútbol y banquitas en la calle del barrio, pero ésto no implica que tengamos las habilidades básicas para fútbol: en el barrio por ejemplo es raro él que sabe cabecear o quien en vez de pisar la pelota como un jugador de micro-futbol, la pega al borde externo, o le pega de zurda. Ni hablar de los cambios de frente. El punto es que si queremos ganar alguna vez tenemos que construir una nación futbolística, a través de la cultura y los procesos.
Bueno tal vez haya otra opción: organizar campeonatos juveniles de local y jugar la final en Bogotá. Esperanza a la que nos aferraremos con las uñas durante el próximo mes.
La próxima semana "Cultura, Publicidad y Fútbol", y la que sigue "El Realismo Cognitivo y Los Procesos en los Deportes".
Algunas razones para el mal funcionamiento de la educación moral en Colombia desde la perspectiva del desarrollo cognitivo-social.
En los últimos años, pero especialmente en lo que lleva el 2011, se ha notado un incremento en la violencia dentro y alrededor de las instituciones educativas colombianas http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-4184137 y un auge informativo en temas relacionados, como por ejemplo la judicialización de menores o el cyberbullyng, entre otros.
La psicología cognitiva, encargada básicamente de indagar por las maneras y mecanismos mediante los cuales conocemos el mundo, tiene dos componentes generales: 1) la cognición del mundo físico y 2) la cognición del mundo social. Aunque un poco relegada con respecto a la primera, la cognición social se encarga de estudiar cómo razonamos con respecto a los otros, a lo correcto e incorrecto, a las reglas, a las relaciones entre personas, entre personas e instituciones, a los sistemas de valores y creencias y al mundo social en general. De este modo la cognición social es un marco dentro del cual se puede hacer un análisis acerca del problema de la violencia en los colegios, el cual está íntimamente ligado con la educación moral.
Las siguientes son algunas razones por las cuales la educación moral falla, desde una perspectiva de dominios específicos del desarrollo moral, la cual se fundamenta en un paradigma organicista y constructivista.
1. Legitimidad de la autoridad.
Hay dos conceptos centrales cuando se habla de educación moral: disciplina y autoridad. Ambos cargan con imaginarios negativos (basta con recordar las sentencias clásicas de la cartilla Charry “la letra con sangre entra”, o “madre dame palo pero dame que comer”) y ambos están relacionados, básicamente, porque la disciplina se puede ejercer con respecto a uno mismo o con respecto a la autoridad. De este modo nos encontramos con las diadas interno/externo, autonomía/heteronomía, autorealización/deber. Por ahora solo voy a hablar de la autoridad. Barnard (1963) sostiene que la autoridad es exitosa sólo cuando sus ordenes promueven el orden moral o social como el subordinado lo entiende. Esto quiere decir que el subordinado está de acuerdo con quien imparte la autoridad por estar ésta legitimada por la coordinación de entendimientos sobre las reglas. Jackson (1968) afirma que la principal manera en que la escuela contribuye al desarrollo de valores sociales y morales en los estudiantes, es a través de las respuestas de los profesores a las transgresiones sociales cotidianas de los estudiantes, y no precisamente mediante la clásica materia de ética (mal conducida), en donde se “inculcan” valores.
De este modo la efectividad de los profesores como fuentes de conocimiento social es una función de los juicios de los estudiantes quienes evalúan su legitimidad y adecuación con base en la coordinación (coherencia de las respuestas y coherencia con el propio actuar) que los maestros den a sus formas de respuesta (Nucci, 1982; 1984; 2001; Weston y Turiel, 1980). De acuerdo con Metz (1978, en Nucci, 1982) la educación está dada más por la percepción que tienen los estudiantes del maestro como un instrumento competente del orden social que por el poder que el maestro tiene de controlar las recompensas y castigos.
En otras palabras, ningún método de educación moral va a funcionar si no hay una percepción de coherencia y competencia del ente encargado del orden social. Weber sostenía que el maestro está entre el padre y el policía; esta secuencia representa una versión comprimida del desarrollo moral de una persona con relación a las principales figuras de autoridad durante toda su vida. Si estas tres figuras no son coherentes, no solo van a ser ineficaces en cuanto educadores, sino que van a “atrofiar” el propio entendimiento autónomo de conceptos morales de las personas.
Sin contar los múltiples casos de corrupción en varios órganos del estado, la deslegitimación de algunos gobernantes por escándalos de todo tipo, entre muchas otras situaciones, los siguientes son algunos ejemplos cotidianos directamente relacionados con justicia, bienestar y derechos humanos que son la base sobre la cual construimos conceptos morales:
http://www.eltiempo.com/colombia/bogota/abuso-de-la-policia-de-bogota_9313020-4
Especial atención a la argumentación del abogado del alcalde sobre el extraño fenómeno de “osmosis alcohólica”, relacionado con el post de argumentación sin evidencia (aunque asegura tenerla). Y el ambiguo papel de la policía en este caso.
http://www.eluniverso.com/2006/08/22/0001/14/F63237DBEDCC4B068DC174F07BA152B2.html
¿Porque no puedo conducir mi carro en estado de embriaguez y huir al causar un accidente, si agentes de la policía, el ejército, la Dijin e incluso el alcalde, el burgomaestre, lo hacen?
¿Por qué no robarme las vueltas, o el descuadre de la nómina, si los desfalcos en el sector salud son billonarios, o las guacas incautadas son una medalla de honor?
Cualquier inversión en campañas de conciencia ciudadana, convivencia, tolerancia, “quítate los guantes”, “entregue las llaves”, etc., se ve contrarrestada con un sólo mensaje incoherente y contradictorio de 2 minutos en el noticiero.
El papel de los educadores morales no es enseñar moral, es acompañar y promover el desarrollo autónomo de conceptos morales, y propiciar lo que algunos llaman una atmósfera moral adecuada. Luego de que en el hogar y en la escuela se cumpla esta condición, y se ingrese en la vida civil, la coherencia en los mensajes se debe mantener por parte de los organismos de regulación social.
Así que si siente el deseo visceral de no obedecer a la autoridad, no se preocupe, es natural y además sensato si la autoridad no es competente. Sin embargo no permita que sus conceptos morales se vean influenciados por este hecho.
Cristhian Martínez M.
Para esta semana, les envío un video de Steven Pinker sobre la relación entre lenguaje y pensamiento. En la clase discutiremos los estudios de Lera Boroditsky sobre la influencia del lenguaje en el pensamiento, como complemento a los estudios de Saxe y otros sobre la relación entre Cognición y Cultura. El video de Pinker presenta una posición diferente y es un buen punto para articular el debate, ya que considera las restricciones sociales y naturales que operan sobre la estructura del lenguaje, y como éste puede ser una ventana a una naturaleza humana constante.
http://www.ted.com/talks/lang/eng/steven_pinker_on_language_and_thought.html
En relación con la clase de la semana pasada, les envío dos videos que pueden servir como ejemplos de la artículación entre identidad y narrativa. El primero, “¿Quién soy yo?” describe el proceso de recuperación de niños hijos de desaparecidos, en Argentina, después de la dictadura. El video empieza en el minuto 5 del link. El otro video muestra una experiencia de recuperación de memoria histórica en relación con la Masacre de Trujillo. En ambos casos, se pueden ver el rol de las narrativas en la recuperación de la memoria histórica y las negociaciones identitarias que se articulan alrededor de estas.
Quién soy yo
http://www.youtube.com/watch?v=CGu3yRAnvkk&feature=related
Trujillo
Para esta semana, tenemos un comentario sobre los estudios de Vosniadou and Brewer sobre las creencias de los niños sobre la forma de la tierra. Este comentario es interesante porque combina el tema de las concepciones erradas (misconcepciones) y el de los modelos mentales.
http://www.spring.org.uk/2008/04/how-children-learn-earth-isnt-flat.php
En años recientes, como parte de la agenda en Educación, Cognición Aplicada y Medios, hemos venido investigando como la autoridad de la fuente y la ausencia de evidencia en los procesos argumentativos son las fuentes de múltiples errores que llevan a las personas a aceptar conclusiones no sustentadas. Es interesante cómo el siguiente editorial en referencia al proyecto de reforma a la ley que regula educación superior constituye un ejemplo privilegiado de dichos errores. En primer lugar, el editorial no presenta evidencia. Contiene afirmaciones sobre la calidad de las universidades o los niveles de gasto, que no sólo no están sustentadas sino que se pueden probar falsas con una búsqueda en Internet de cinco minutos. Proveer evidencia no sólo es una práctica necesaria en la argumentación, sino que representa un entendimiento de las características epistemológicas y pragmáticas de todo dialogo argumentativo (Gaviria & Corredor, En Prensa). A diferencia, por ejemplo, de las columnas de Daniel Coronell que siempre tienen links a documentos y fuentes primarias, este editorial concluye sobre la educación superior en función de prejuicios y verdades a medias. La ausencia de evidencia, hace que el editorial sea una opinión no sustentada, revestida de legitimidad a través del nombre del periódico. Ahora bien, usar la autoridad de la fuente como un recurso argumentativo es otro error (Arias, 2009). La verdad de la tesis depende de la evidencia y de la organización de los argumentos, y no de la autoridad abstracta de quien la enuncia. Finalmente, en el caso de este editorial, la fuente es anónima. Por esta razón, es difícil establecer cuales son los intereses y objetivos de los autores, y, sin esto, es imposible llevar a cabo un adecuado proceso de razonamiento histórico. Wineburg (2001) mostró que revisar los intereses y objetivos de la fuente constituye una heurística fundamental para el razonamiento en ciencias sociales. Por ahora, anexamos el link al editorial, así como una breve respuesta que construimos para responder a las afirmaciones allí contenidas. El editorial constituye un excelente ejemplo de la forma en que los medios “razonan”, y puede servir para explorar las necesidades que tiene una agenda en defensa de la universidad pública. Es necesario entender como la ven y como la presentan para poder responder con efectividad mediatica. Respuestas como las contenidas en los comentarios al editorial que acusan al periódico de neoliberal y santista, no sólo no ayudan, no convencen a nadie, sino que constituyen también errores argumentativos. En las próximas semanas escribiremos más alrededor de los requerimientos de una agenda mediatica alternativa que nos permita ganar capital político en favor de la universidad; por ahora revisen el editorial y la respuesta. Favor rotar.
Editorial
http://www.elespectador.com/opinion/editorial/articulo-263571-educacion-un-deber-del-estado
Respuesta
Este editorial es una suma de lugares comunes sin una lectura clara ni de la propuesta del gobierno, ni de la realidad de las universidades públicas. Por ejemplo, asume sin datos que las universidades privadas son mejores que las públicas cuando claramente en los rankings internacionales la Nacional supera a los Andes en 5 de 6 listados (e.g.http://es.wikipedia.org/wiki/Clasificacion_academica_de_universidades_de_Colombia). Misma situación con los ECAES donde el 63% de los mejores puntajes vienen de universidades públicas según el listado del ministerio de educación (e.g.,http://www.mineducacion.gov.co/1621/articles-140442_recurso_1_pdf.unknown). Adicionalmente, el editorial no revisa la forma en que las universidades públicas, particularmente la Universidad Nacional, han realizado gigantes esfuerzos por mejorar sus niveles de cobertura, formación profesoral y financiación. Para citar un par de ejemplos, la Universidad Nacional ha aumentado considerablemente el número de docentes con doctorado en los últimos 10 años (tengo el documento pero no puedo subirlo a la sección de comentarios), y produce más de 400 mil millones de pesos anuales en financiación propia a través de contratos con los sectores público y privado (www.unal.edu.co/gerencia_finad/presupuesto/docs/Ppto_general_2011.pdf).
El editorial tampoco revisa las consecuencias directas del proyecto de reforma sobre la financiación de la Universidad. Deberían leerse los artículos del 100 al 107 con cuidado. ¿Qué implica que se establezca como criterio de distribución de recursos la regionalización y al mismo tiempo se le dé el control de las universidades a los políticos locales? ¿Qué implica amarrar la financiación al crecimiento del PIB? ¿Qué implica que gran parte de los nuevos recursos vayan a la matrícula privada a través del ICETEX? ¿Qué consecuencias tiene para la viabilidad de la Universidad que la plata vaya a "innovación" sin tener garantizada la sostenibilidad de las universidades?
En este video, Mihaly Csikszentmihalyi discute el origen de la felicidad desde la perspectiva de la experiencia subjetiva en el día a día. Como van a notar, la aproximación es distinta a la utilizada en los estudios sobre modelos económicos y razonamiento afectivo. El video es un buen punto de partida para discutir el concepto de flujo y su relación con la experticia en dominios de actividad. Es interesante porque permite conectar ideas creadas para explicar el razonamiento en dominios muy estructurados (e.g., física), con fenómenos de la vida cotidiana sobre los que tenemos que tomar decisiones frecuentemente.
http://www.ted.com/talks/lang/eng/mihaly_csikszentmihalyi_on_flow.html
El video de esta semana revisa el diseño de video juegos en relación con el género e intereses de diferentes grupos de video jugadores. En la charla se presentan algunas metodologías que pueden ser utilizadas para diseñar mejores video juegos. El video sirve de punto de contraste a la lectura de esta semana (Steinkuehler, 2006) que revisa los cambios sociales que se están produciendo alrededor de los video juegos, y las características de los video juegos como una combinación de tareas abiertas y cerradas.
http://www.ted.com/talks/lang/eng/brenda_laurel_on_making_games_for_girls.html
En esta charla, Ken Robinson nos habla de las formas en que se puede promover el desarrollo de la creatividad. Es un buen punto de partida, para empezar a pensar las transformaciones necesarias en los sistemas educativos actuales. Las preguntas que vienen de ahí son: ¿En qué mundo vivimos? ¿Pueden las narrativas lineales de la educación actual responder a los flujos de información que enfrentan los nativos de la era digital? ¿Por qué estamos obsesionados con que los estudiantes entren a la Universidad, aunque la Universidad y las escuelas no conecten con el mundo real? ¿Qué sacrificios, si se pueden llamar así, tenemos que hacer para hacer la educación consistente con la realidad? En últimas, la pregunta es sobre la naturaleza de la educación y su nivel de transferencia al mundo al que nos enfrentamos.
http://www.ted.com/talks/lang/eng/sir_ken_robinson_bring_on_the_revolution.html
En este video, Dan Gilbert explica cómo los errores en cálculo de valor -que estudiamos hace 15 días- afectan las decisiones en la vida diaria. Este video es un buen complemento para la lectura de esta semana del mismo autor. El video ilustra con muy buenos ejemplos los efectos de contraste que estudiamos en Kahneman, y les refresca la información que necesitan para entender porque la posibilidad de tener opciones, y cambiar las que tenemos, es más atractiva, aunque menos satisfactoria para las personas.
http://www.ted.com/talks/lang/eng/dan_gilbert_researches_happiness.html
Existen fuertes dudas sobre la existencia de una relación causal directa entre video juegos y conducta violenta (Kutner & Olson, 2008). Sin embargo, desde sectores conservadores, religiosos y paradójicamente desde la izquierda misma, se ha propuesto que deben existir fuertes restricciones al uso de video juegos (http://peru21.pe/noticia/399599/hugo-chavez-videojuegos-playstation-son-veneno-capitalismo; http://www.huffingtonpost.com/2010/11/01/violent-video-game-ban_n_776779.html ). En el caso de California es divertido, por decir lo menos, que sea Schwarzenegger, el protagonista mismo de Terminator, el mismo que le enseñó a John Connor a no parar de disparar, quien haya impulsado la prohibición a la venta de video juegos. Es a la vez útil para los propósitos de este post, mencionar que la corte suprema de los Estados Unidos declaró dicha ley inconstitucional porque violaba el derecho a la libre expresión. Y esta es, en alguna medida, la razón por la que los video juegos son objeto de ataque: ellos son un objetivo fácil con el cual se puede sentar un precedente de prohibición de contenidos. Muchos padres, por ejemplo, serían mucho más dados a aceptar la prohibición de los video juegos que la de los libros, aunque en el fondo ambas iniciativas lleven el mismo espíritu. Por esta razón, también es necesario que se entienda la importancia de no restringirlos. Por otro lado, los video juegos son una buena distracción para no tener que pensar en otros males. Culpar a los video juegos de la violencia nos permite ir a casa con una explicación fácil: olvidarnos de la pobreza, del maltrato de los padres, de la anonimia de crecer un sector sin oportunidades...
Ver más aquí:
Hola todos.
Esta semana la tarea consiste en realizar el iat (o ait) en español. Por favor, tomen nota de sus resultados y sensaciones mientras hacen el test. Hagan el de raza, y otro que ustedes decidan que les llama la atención.
1.En este video Kwabena Boahen discute las diferencias entre el diseño actual de los computadores y la forma en que funciona el cerebro. En el proceso da algunas ideas en relación con el rol de los sistemas conexionistas en el futuro de la inteligencia artificial. PARA SUBTITULOS EN ESPAÑOL: En la parte inferior de la pantalla, justo debajo de los controles (play, pause, etc.) pueden modificar el lenguaje de los subtitulo.
http://www.ted.com/talks/kwabena_boahen_on_a_computer_that_works_like_the_brain.html
2.En esta entrada de blog, se discute la idea de la cognición distribuida, y como reta las nociones tradicionales de mente. Interesante que vean los comentarios hasta el 5 si tienen tiempo, porque hay están todas las posiciones, desde el conductista radical (que entiende el debate como una negación de la mente y no como una extensión) hasta el subtipo de filosofo que dice que ya todo lo dijo Platón.
http://scienceblogs.com/cortex/2009/01/the_iphone_mind.php
3.En este último blog se debate la utilidad de las neurociencias para resolver debates cognitivos.
http://www.spring.org.uk/2007/02/can-neuroscience-tell-us-anything-about.php
Los debates psicológicos y educativos son debates morales. En ellos, no se hace una discusión pura del método, sino que se encuentran posiciones enfrentadas sobre el deber de la sociedad y los destinos posibles de las naciones. Esto es así porque la educación define los elementos esenciales que determinan el carácter moral de los ciudadanos -la identidad de los niños y adolescentes, el control parental y las formas de socialización- y la psicología define la frontera entre la enfermedad y la sanidad mental. Por eso no es extraño que el conservadurismo moral enfile baterías contra transformaciones en estos espacios. Esto es sabido y no hay mucha sorpresa en ello. Ha sucedido antes con cambios en las formas de ejercer la sexualidad, de vestirse o de bailar. Lo que es sorprendente es que el nuevo campo de batalla sea la relación entre los adolescentes y la tecnología, y que esta batalla este siendo dada en su mayoría por los adultos que en el pasado se revelaron contra las restricciones de orden moral impuestas por los adultos de su época.
En días pasados un periodista me llamó pidendome un concepto sobre la adicción a la tecnología en mi calidad de experto en videojuegos y aprendizaje. Yo siguiendo un precepto más académico que mediático contesté lo que se sabe sobre el tema: La adicción a la tecnología no existe! Lo que los adultos y algunos medios llaman adicción a la tecnología es parte del proceso de socialización normal de los niños y adolescentes. Desde mi perspectiva, no hay nada extraño en que adolescentes y jóvenes pasen horas comunicándose y jugando con otros online. Si esto fuera una adicción habría que proponer también la adicción al fútbol, por todos los niños que gastan horas enteras jugando fútbol en las cada vez más escasas esquinas del barrio, y un síndrome de adicción a los amigos por todos los que gastamos nuestra adolescencia socializando en diferentes espacios públicos, desde las calles del barrio hasta los centros comerciales. Es cierto que algunas personas pueden desarrollar conductas compulsivas con algunos elementos de la tecnología, como los video juegos, pero esto puede ser en la mayoría de los casos el resultado de un desorden clínico de otro tipo, un desorden obsesivo compulsivo por ejemplo, anterior y diferente al uso de la tecnología. Una persona con este diagnostico se puede volver adicta al juego, a los videojuegos o a coleccionar muñecas de trapo. No existe en el manual de diagnostico (DSM-IV) nada llamado “Adicción a la Tecnología”, ni siquiera se usa el término Adicción. Existe el abuso o dependencia a las sustancias pero eso es otra cosa. Una persona puede derivar en un uso compulsivo de medios de información, juegos o redes sociales pero no hay nada especifico a la tecnología que la haga especialmente adictiva. Ni siquiera es una sustancia. ¿Cómo se podría definir entonces un trastorno como éste? ¿Qué efectos neuropsicológicos podría tener una sustancia que no existe?
Creo que lo que está sucediendo tiene que ver más con una guerra generacional de vieja data sobre el nivel de intervención parental en la socialización de los niños (Boyd, 2008) y con la forma en que las nuevas tecnologías han empezado a modificar la distribución social del conocimiento y a debilitar la legitimidad de los actores sociales tradicionalmente encargados de preservarlo. En relación con el primer aspecto, existe una creciente desconfianza pública alrededor de la socialización informal de jóvenes y niños (Chabon, 2009). Esta desconfianza deriva en una restricción de estos espacios donde los niños y jóvenes pueden interactuar sin intervención de los adultos (Stout, 2010). Mucho de lo que los adultos llaman adicción a la tecnología es parte de procesos de socialización normales. La diferencia es que ahora en vez de irse a jugar por la tarde a la calle del barrio, y no hacer las tareas, los niños y adolescentes se quedan en casa, “parchando”. Esta teoría, propuesta por Steinkuehler & Williams, 2006, señala que los espacios virtuales se están convirtiendo en los nuevos lugares de socialización. Es necesario recordar aquí la importancia que esta socialización informal durante la infancia tardía y la adolescencia tiene para el desarrollo de la identidad. Aunque algunos padres pretendan restringir las opciones de interacción de los niños y pretender que estos se dedique 24/7 al trabajo académico, esta posición no es ni realista, ni saludable. Los niños y adolescentes recurren a los espacios virtuales para interactuar y jugar con otros en formas que son fundamentales para su desarrollo. Formas que no son en la mayoría de los casos comprendidas por los adultos, que son sin lugar a dudas inmigrantes, no nativos, de los espacios digitales (Prensky, 2001). Y en esa condición de hablantes de la segunda lengua de lo digital, no pueden comprender y se asustan con las posibilidades de lo que les es desconocido.
El caso es, para terminar esta historia, que ante mi respuesta, el periodista me ignoró. Si yo decía “la adicción a la tecnología no existe”, el preguntaba “pero bueno cuales son los síntomas de esta adicción?”. Intentaré ser más espectacular la próxima vez, amarillista si se quiere, y citar algún síndrome que dé para un buen titular. Por ahora se me ocurre que podría ser el síndrome de Stendhal en el que las personas tienen taquicardia cuando están expuestos a un arte extremadamente bello. Esto explicaría por ejemplo porque se desmayan las groupies en los conciertos... o no?

Por Daniel C. DennettCometer errores es la clave del progreso. Por supuesto, hay ocasiones en las que es importante no cometer ningún error: pregúntele a cualquier cirujano o piloto de líneas aéreas. Pero no son muchos los que se dan cuenta de que también hay ocasiones en las que el secreto del éxito radica en cometer errores. No me estoy refiriendo a la máxima popular de que quien nada arriesga, nada gana. Aunque dicha máxima fomenta una saludable disposición a aceptar riesgos, no señala los beneficios positivos que tiene, no ya el arriesgarse a cometer errores, sino el cometerlos efectivamente. Cuando uno comete un error, en lugar de retirarse abatido, debería estudiar los propios errores y darles vueltas en la cabeza como si fueran obras de arte, que es lo que son en cierto modo. Conviene buscar ocasiones de cometer grandes errores, para poder recuperarse de ellos.
Primero la teoría y después la práctica. Los errores no sólo constituyen excelentes oportunidades para aprender; en un cierto e importante sentido, constituyen la única oportunidad de aprender algo verdaderamente nuevo. Para que pueda darse el aprendizaje, tiene que haber aprendices. Dichos aprendices habrán evolucionado por sí mismos o habrán sido “diseñados” y “construidos” por anteriores aprendices que ya evolucionaron. La evolución biológica avanza mediante un grandioso e inexorable proceso de ensayo y error, y sin los errores, los ensayos no lograrían nada. Esto se puede aplicar a cualquier proceso de diseño, tanto si el diseñador es muy hábil como si es un estúpido. Cualquiera que sea el problema del diseño planteado, si no se conoce la solución de antemano (porque a alguien se le ocurrió antes y nosotros la aprendimos, o porque Dios nos la reveló), el único modo de encontrar la respuesta es dar algunos saltos creativos en el vacío y comprobar los resultados. Si uno ya sabe mucho –aunque no conozca la solución al problema del momento-, puede dar dichos pasos guiándose desde un principio por lo que ya sabe; no se están dando simples tanteos de ciego.
Pero en el caso de la evolución, que no sabe nada, los saltos hacia la novedad se dan completamente a ciegas, por medio de mutaciones que se deben a errores cometidos al copiar el ADN. La verdad es que casi todos estos errores son fatales. Dado que la inmensa mayoría de las mutaciones tiene efectos perjudiciales, el proceso de selección natural se encarga de que la tasa de mutaciones sea muy baja. Por suerte para nosotros, la precisión no es absoluta, porque si lo fuera ya se habría detenido la evolución, habiéndose secado sus fuentes de novedad. Ese minúsculo fallo, esa “imperfección” del proceso, es el origen de la complejidad del mundo vivo, con todos sus maravillosos diseños.
La reacción inmediata al cometer un error debería ser “Está bien, no lo volveré a hacer”. La selección natural procede de este modo al eliminar los casos fallidos antes de que puedan reproducirse. En el cerebro de todo animal capaz de aprender a no hacer ese ruido, no tocar ese cable o no probar esa comida debe actuar algo con una fuerza selectiva similar, que los psicólogos llaman “condicionamiento aversivo”. Los seres humanos hemos llevado las cosas a un nivel mucho más rápido y eficaz. Somos capaces de pensar y reflexionar sobre lo que hemos hecho. Y al pensar en ello, afrontamos directamente el problema que todo cometedor de errores debe resolver. ¿qué es eso, exactamente? ¿Qué fue lo que hice mal para meterme en este lío? El truco consiste en aprovechar los detalles concretos del lío en que nos hemos metido, para estar mejor informados en el próximo intento y no seguir dando tanteos de ciego. Dado que ese intento ha fracasado, ¿por dónde debemos lanzar el siguiente?
En su aspecto más simple, esta técnica la aprendemos en la escuela primaria. Recuérdese lo extraña e incomprensible que parecía en un principio una división larga. Nos enfrentábamos con dos números inconcebiblemente grandes y no sabíamos ni cómo empezar. ¿Cabe el divisor en el dividendo seis veces o siete? ¿O son ocho? ¿Quién sabe? Pero no era necesario saberlo; bastaba con probar el número que mejor nos parecía y comprobar el resultado. Recuerdo que me sentí casi escandalizado cuando me dijeron que tenía que empezar “simplemente tanteando”. ¿No estamos hablando de matemáticas? Uno no se anda con tanteos en asuntos tan serios, ¿no es así? Pero poco a poco llegué a apreciar la belleza de la táctica. Si resultaba que el número elegido era muy pequeño, se probaba de nuevo con otro mayor; si resultaba muy grande, se probaba con otro más bajo. Lo bueno de las divisiones largas era que siempre acababan saliendo, aunque uno metiera la pata a lo grande al elegir el primer cociente, en cuyo caso se tardaba un poco más.
Esta técnica general de hacer tanteos más o menos fundados, deduciendo sus implicaciones y utilizando el resultado para introducir correcciones en la siguiente fase, ha encontrado numerosas aplicaciones. Los navegantes, por ejemplo, determinan su posición en altamar empezando por adivinar dónde están. Calculan a ojo su latitud y longitud y después deducen a qué altura se encontraría el Sol si (por una increíble coincidencia) fuera ésa su verdadera posición. A continuación, miden la elevación real del Sol y comparan los dos valores. Con unos pocos cálculos más, saben qué corrección deben aplicar, y en qué sentido, a su posición inicial. Viene muy bien hacer un primer cálculo aproximado, pero no importa que esté equivocado. Lo importante es cometer el error, con todos sus gloriosos detalles, para tener algo concreto que corregir.
Por supuesto, cuanto más complejo sea el problema, más difícil resulta el análisis. Los especialistas en inteligencia artificial (IA) llaman a esto el problema de la “asignación de créditos” (credit assignment), aunque también se lo podría llamar “asignación de culpas”. Muchos programas de IA están diseñados para “aprender”, corrigiéndose a sí mismos cuando detectan que su actuación es errónea, pero uno de los problemas más enrevesados de la IA es determinar qué partes del programa tienen la culpa y cuáles han cumplido. Éste es también uno de los principales problemas –o, por lo menos, una fuente de dudas y confusión- de la teoría evolutiva. Tarde o temprano, tras una vida más o menos complicada, todos los organismos de la Tierra acaban por morir. ¿Cómo puede distinguir la selección natural entre toda la compleja maraña de detalles los factores positivos y negativos, para “premiar” a los buenos y “castigar” a los malos? ¿Tenemos que creernos que algunos hermanos de nuestros antepasados murieron sin descendencia porque el tamaño de sus párpados no era el correcto? Y si no, ¿cómo puede el proceso de selección natural explicar que nuestros párpados hayan llegado a tener la bonita forma que ahora presentan?
Una técnica para facilitar la resolución del problema de la asignación de créditos consiste en ordenar las ocasiones de error en una “jerarquía”: una especie de pirámide de niveles, con una red de seguridad a cada paso. Sobre todo, no hay que desordenar las partes que ya funcionan bien; hay que correr riesgos de manera oportunista. Esto quiere decir que se debe planificar el proyecto de manera que en cada paso se puedan comprobar los errores y adoptar medidas para remediarlos. Entonces se puede ser atrevido en la ejecución, aprovechando los éxitos imprevistos y estando dispuesto a aceptar con elegancia los probables fracasos. Esta es una técnica que los magos ilusionistas –al menos los mejores- utilizan con resultados asombrosos. (Espero no incurrir en las iras de los magos por revelar este truco, ya que no se trata de un truco concreto sino de un principio general muy profundo). Un buen mago conoce muchos trucos de cartas que dependen de la suerte. No siempre funcionan, ni siquiera funcionan con frecuencia. Algunos efectos –difícilmente se los puede llamar trucos- sólo salen bien una vez de cada mil. Pero lo que hay que hacer es lo siguiente: se empieza diciéndole al público que se va a realizar un truco y, sin decir qué truco va a ser, se comienza con el efecto que sólo sale una de cada 1000 veces. Como es natural, casi nunca funciona, de manera que se continúa sin detenerse realizando un segundo intento: por ejemplo, un efecto que sale bien una vez de cada 100. Si también éste falla (que es lo más probable), se pasa al efecto número tres, que sólo funciona una de cada 10 veces, y más vale que se tenga preparado el efecto número cuatro, que sale bien la mitad de las veces; y si todo esto falla (aunque, por lo general, una de las anteriores redes de seguridad habrá salvado ya al mago de esta terrible situación), siempre queda el efecto infalible, que no impresionará mucho al público, pero que al menos no puede fallar. A lo largo de toda la actuación, hay que tener muy mala suerte para depender siempre de este último recurso, y cada vez que sale bien uno de los efectos más vistosos, el público se queda estupefacto. “¡Es imposible! ¿Cómo ha podido saber que ésa era la carta?” ¡Ajá! No lo sabíamos, pero sabíamos como lanzar un golpe a ciegas con esperanzas de acertar. Ocultando de la vista los “errores”, se crea un “milagro”.
La evolución funciona del mismo modo: todos los errores estúpidos tienden a quedar invisibles, y lo único que vemos es la sensacional cadena de triunfos. Por ejemplo, más del 90% de los organismos que han existido murieron sin descendencia, pero ninguno de nuestros antepasados sufrió esta triste suerte. ¡Para que ahora se hable de familias afortunadas!
La principal diferencia entre la ciencia y la magia teatral es que en la ciencia los errores se cometen a la vista del público. Se exhiben para que todo el mundo –y no sólo uno mismo- pueda aprender de ellos. De este modo, uno puede aprovechar la experiencia de todos los demás, y no sólo su propia e idiosincrásica sucesión de errores. Dicho sea de paso, esto es lo que nos hace más listos que casi todas las demás especies. No se trata simplemente de que tengamos cerebros más grandes o más potentes, sino de que compartimos las ventajas que nuestros cerebros individuales han conseguido obtener en sus experiencias personales de tanteo y error.
El secreto está en saber cuándo y cómo cometer errores, para que nadie salga demasiado perjudicado y todos puedan aprender de la experiencia. No deja de asombrarme la cantidad de gente inteligente que no entiende esto. Conozco investigadores ilustres que recurren a los extremos más ridículos para no tener que reconocer que se equivocaron en algo, aunque se tratara de algo trivial. Al parecer, nunca se han dado cuenta de que la Tierra no los va a tragar porque digan “Tiene razón. Creo que estaba equivocado”. Todos habrán observado que a la gente le encanta señalar errores ajenos. Si se trata de personas generosas, apreciarán que se les dé la oportunidad de ayudar, y así lo reconocerán; y si se trata de gente mezquina, simplemente disfrutarán haciendo ver que alguien se ha equivocado. Pero en cualquier caso, todos salimos ganando.
Desde luego, nadie disfruta corrigiendo los errores estúpidos de los demás. Hay que tener algo nuevo e interesante que decir, algo original que pueda ser acertado o no, y para eso hay que construir una pirámide de ideas arriesgadas, como la que utilizan los magos en sus trucos de cartas. Además, hay un premio sorpresa: si es uno de los que más se arriesgan, la gente la pasará muy bien corrigiendo errores estúpidos, para que alguien no es tan especial, que es tan falible como el resto de nosotros. Conozco filósofos que –aparentemente- jamás han cometido un error en su trabajo. Su especialidad consiste en señalar los errores ajenos, lo cual puede constituir un servicio muy valioso, pero nadie excusasus propios errores con una sonrisa amistosa.
Por lo general, no tenemos que arriesgar la vida y la integridad para aprender de nuestros errores, pero hay que prestarles constante atención, sin perderlos nunca de vista. Lo más importante es no intentar nunca ocultar los errores. Si uno los oculta, es posible que consiga aumentar su reputación, como lo hacía el mago; pero se trata de una solución a corto plazo que, a la larga, acabará constituyendo un tormento. En segundo lugar, hay que aprender a no engañarnos a nosotros mismos, negando que los hayamos cometido o procurando olvidarlos. Esto no es fácil. La reacción humana natural ante el error es de vergüenza y enfado, y hay que esforzarse mucho para superar estas reacciones emocionales. Procuremos adquirir la poco frecuente costumbre de recrearnos en nuestros errores, desentrañando con gozo las curiosas ocurrencias que nos llevaron a equivocarnos. Entonces, después de sacarles todo el partido posible a los errores cometidos, ya puede uno olvidarlos sin problemas y buscar la siguiente gran oportunidad.
A lo largo de la vida, todos cometemos muchos errores, y algunos de ellos (a menos que se trate de una persona verdaderamente afortunada) resultarán muy dolorosos, para uno mismo o para otros. Siempre hay maneras de sacarles el mejor partido posible, porque cuanto más aprendemos de los errores relativamente inofensivos menos probable será que cometamos los más desastrosos.